
Estonia es un país nórdico, lo que dice mucho de su gastronomía: hábitos alimenticios, alimentos, formas de cocinar, etc.
El gran contraste climático entre las estaciones también se refleja en el ritmo de vida de la gente, más cercanos e identificados con la naturaleza que el europeo medio.
Los estonios tienden a ser lentos e introvertidos en Otoño e Invierno, y mucho más energéticos y comunicativos en Verano.
Cómo, qué, y dónde come un Estonio está determinado por la duración y la temperatura de los días.
La oscuridad y el hielo traen a la mesa sauerkraut y asado, brawn y morcilla, sopa espesa y estofado.
Por el contrario, en verano parece que la gente puede sobrevivir con la luz del sol, temperaturas templadas y todo los frescos y ligeros productos que los huertos y bosques pueden ofrecer.
La comida estona nunca ha sido muy abundante y esto es probablemente el motivo por el que los estonios no desean el "que aproveche" o el "bon appetit", sino que dicen "jätcu leiba" que significa algo como: "Que tu pan sea suficiente".
Aparte de en los pocos períodos de hambruna, Estonia no ha carecido de su popular pan negro de centeno. Incluso los que han vivido fuera del país durante largos períodos de tiempo no olvidan su característico sabor.
Las bebidas más populares eran la cerveza de malta ligera en el Norte de Estonia y la cerveza ligera de cebada y centeno en el Sur de Estonia, o savia de abedul en primavera. La cerveza ha sido la bebida tradicional para todas las ocasiones, desplazando a la también tradicional aguamiel desde hace varios siglos.
La elaboración de cerveza ha sido siempre un importante negocio para la gente local, especialmente en las islas más grandes de Estonia. Los trucos secretos de los isleños en la comercialización de la cerveza siempre ha sido un misterio incluso en la actualidad.
El cultivo de patatas, introducido en los jardines en la década de 1740, por fin 'echó raíces' durante el siglo 19.
Ya en el año 1900, las patatas constituían un alimento básico en la gastronomía regional. Tanto es así, que recientemente, Estonia se convirtió en el segundo país del mundo (por detrás de Polonia) en campos de patatas por habitante.
Como con las patatas, a los estonios les costó acostumbrarse al café, que llegó al país a finales del siglo 17.
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